Sangre en el ojo

Visité por primera vez al doctor A hace 8 años. Llegué a su consultorio por rebote, después de visitar otro médico, quien, tras dos consultas y cinco medicamentos diferentes, fue incapaz de determinar qué le ocurría a mi ojo izquierdo.

Cuando llegué al consultorio del doctor A noté que, a diferencia de mi médico anterior, su consultorio era una biblioteca enclaustrada: desde los estantes más altos hasta los más bajos, los libros llenaban la habitación, “Lentes de contacto”, “El ojo humano” y “ Trastornos oculares” , eran algunos de los títulos que poblaban las cuatro paredes del oscuro consultorio.

He visitado al doctor A aproximadamente unas seis veces desde el 2012, cuando mi ojo izquierdo se tornó rojo de sangre por primera vez. El doctor A fríamente me tomó los datos y, sin mirarme a la cara, anotó todo cuanto le conté sobre mis ojos; después, tomó un gran ojo plástico entre sus manos y me explicó el funcionamiento de ese órgano preciado y redondo que me trajo hasta su consultorio: “Este es su ojo…”

No se conoce la causa de la enfermedad que padece mi ojo. Hay otras enfermedades similares de las cuales “mejor no hablar de eso porque es muy feo”, me dijo el doctor A cuando traté de indagar sobre este padecimiento. Básicamente, me contó sobre las enfermedades autoinmunes, en las cuales el cuerpo no se reconoce y se ataca a sí mismo. El cuerpo, esa máquina suave y preciosa, que maravilla y consume a esos seres estudiosos y metódicos que llamamos médicos.

Al visitar al doctor A, la dinámica es siempre la misma, pero cada consulta la vivo como si fuera la primera vez. Sus secretarias han sido, por los años de los años, siempre las mismas: secretarias de trenzas largas de la vieja escuela, los anteojos de vidrio grueso engrandecen sus ojos de forma no proporcional a su cara. Son muy amables, las secretarias del doctor A, hay algo de maternal en ellas, como lo hay en las señoras con las cuales uno interactúa a través de los años.

El consultorio del doctor A consta de cuatro recintos , los cuales se conectan entre sí mediante varias puertas: laberinto de libros colmado de calma y soledad. Primeramente, la asistente del doctor A me pasa al primer recinto, poso mi barbilla sobre una máquina y miro un globito de colores sobre el cielo azul de la pantalla. No se me permite parpadear. Al otro lado de la máquina, la asistente del doctor A se asoma observando mis ojos, y hace anotaciones secretas.

Mediante la puerta izquierda, paso al siguiente recinto: lo de antes era solo un preámbulo, estoy ahora en el verdadero consultorio. El doctor A está siempre ausente cuando ingreso a este lugar, su locación en el momento es siempre un misterio. Este recinto está lleno de máquinas de toda clase: focos, cascos y lupas. En el centro, reluce la máquina más importante de todas: la silla oftalmológica. Una gran silla con estructuras añadidas y láminas de lentes múltiples a ambos costados, contiene también diferentes estructuras para colocar la mandíbula, la cabeza y las manos, todas piezas dignas de la época medieval o del sadomaquismo.

A un costado de la gran silla, el doctor A tiene un retrato para cada uno de sus hijos: todos posan con gafete el día de su graduación, su juventud congelada en el tiempo. Fue así como reconocí a la hija mayor del doctor A: fuimos compañeras en la universidad, varias veces nos emborrachamos juntas. Cosas que ocurren en el país pequeño de donde vengo yo.

Después de varios minutos de silencio, el doctor A aparece por una de las puertas, viene de su recinto privado, ese donde mis ojos de paciente nunca llegarán. Me saluda, siempre un poco frío e indiferente, aunque yo siempre me emociono al verlo. El doctor A luce siempre igual, es como si los años no pasaran por él. Enano, de ojos saltones y semblante inteligente; algo calvo, siempre impecable desde lo lustroso de sus zapatos hasta lo brillante de su calvicie. La frente del doctor A es grande y desproporcionada; yo pienso en las raras formas que cobra la inteligencia.

El doctor A siempre me pregunta cómo ha ido todo con mis ojos durante los últimos años. Yo me recuesto en la gran la silla, y le cuento motivada todos los detalles, él me escucha con total atención y hace anotaciones incomprensibles. Cuando le hablo, el doctor A dibuja un boceto de ojo en mi expediente, ha dibujado mi ojo unas ocho veces desde que lo visité por primera vez. El doctor A siempre sabe lo que hace y lo que dibuja, de eso nunca he tenido la menor duda.

Apoyo mi mandíbula en la estructura respectiva de la silla oftalmológica y el doctor A me examina con la metodología de los años: ojos arriba, ojos abajo, ahora ojos a los costados; gotas de estas, gotas de aquellas, ahora un foco sobre cada ojo. Acto seguido, el doctor A calza en su cabeza un armatoste de casco negro con un gran foco en la frente: una combinación de máquina de tortura y casco de minería, sostiene una lupa con su mano izquierda y examina mis ojos con atención una vez más.

El doctor A siempre escribe para mí la misma receta. Lo visito, talvez por respeto a la ciencia, talvez por temor, pero, sin duda, porque es lo correcto. He guardado cada una de sus recetas con total devoción, pero su pluma zurda y disléxica, siempre hace de sus recetas garabatos, con los años, indescifrables.

Hoy, después de dos años de ausencia, me encuentro visitando de nuevo al doctor A. Mi ojo izquierdo, incomprensible, ha vuelto a sangrar.

La secretaria de siempre me saluda sin reconocerme y me invita al primer recinto del consultorio. Poso mi mandíbula sobre la máquina, mientras la asistente examina mi ojo desde el otro extremo, “No me parpadee, mi chiquita”. En el fondo, flota un globito de colores sobre el cielo azul.

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Costurera amateur y entusiasta de las letras. www.acosotextual.blogspot.com

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Mayalichi

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Costurera amateur y entusiasta de las letras. www.acosotextual.blogspot.com

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